He estado leyendo un libro escrito por Arturo Maxwell, titulado "Las Maravillosas Historias De La Biblia" y debo confesar que entre sus tantas reflexiones, quedé flechada por una en particular que decidí compartir con todos ustedes. Espero la disfruten tanto como yo, adelante!!
¡MAMÁ! ¡Hay alguien a la puerta!
Piensa en cuántas veces has dicho esto al oír algunos golpes en la puerta del frente de tú casa. Y tú mamá se ha apresurado a venir desde la cocina, acomodándose el cabello o secándose las manos con un repasador. Tal vez ella te haya dicho: "apresúrate" "arregla un poco las cosas" "quizá sea una persona importante". Pero casi siempre el que había llamado resultó ser el cartero, o un vendedor ambulante, o algún vecino que había venido a pedir prestada una herramienta. Y aunque más de una vez te hayas sentido chasqueado, al oír que alguien llama a la puerta de la casa siempre crea suspenso, porque uno nunca sabe de antemano quién es el que ha venido a venido a visitarnos ni que sorpresa nos trae.
Suponte que al abrir la puerta cierto día te encuentres con el Señor Jesús parado frente a ella... ¡Esa si que sería una sorpresa! ¿verdad? ¿qué harías entonces? ¿qué dirías? Y lo que te digo no es imposible, porque en su mensaje en la iglesia de Laodicea, Jesús dijo: "Mira estoy a la puerta y llamo; si alguno escucha mi voz y abre la puerta, yo entraré a él y cenaré con él y él conmigo". ¡Que hermoso cuadro! ¡Jesús aguardando frente a una puerta! Llamando suavemente. Esperando que alguien venga a abrir, ansioso de entrar. Esperando oír el clic del cerrojo y las palabras de bienvenida.
Por supuesto, en esas palabras Jesús se estaba refiriendo a la puerta del corazón. De esa manera expresó su deseo de que todos los miembros de la iglesia, ricos, pobres, ancianos y jóvenes, padres e hijos supieran que él deseaba venir a vivir con ellos para siempre. Ansiaba hacer morada en cada corazón. Sin embargo, la promesa no era sólo para los laodicenses. Jesús había dicho esto mismo a sus discípulos sesenta años antes, y el mismo Juan lo había escrito: "Si alguno me ama, guardará mi palabra y mi Padre le amará, y vendremos a él y en él haremos morada.
¡Que preciosa promesa! Si "alguno" algún hombre, alguna mujer, algún niño, alguna niña lo desea, Dios vendrá a vivir en su corazón. Es probable que esto te parezca difícil, pero debe ser verdad, porque muchos años después repitió lo mismo: "Mira que estoy a la puerta y llamo, si alguno escucha mi voz y abre la puerta yo entraré". Ese "alguno" te incluye a ti. El Señor no abrirá la puerta por la fuerza, es demasiado cortés para hacerlo. Además sólo puede abrirse de adentro. ¿No te parece que alguien está llamando ahora? ¡Si, hay alguien a la puerta! Alguien que es puro amor y bondad. ¡No lo hagas esperar afuera mientras tú arreglas las cosas! Corre hacia la puerta, ábrela de par en par y dile al recién llegado: ¡Señor Jesús, me alegro mucho de que hayas venido! ¡Ven a vivir en mi corazón para siempre!








